Mostrando entradas con la etiqueta Lavand. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Lavand. Mostrar todas las entradas

martes, 1 de marzo de 2011

La rosa, René Lavand

Lo prometido es deuda. El relato con el que habitualmente René Lavand cierra sus espectáculos y que, por circunstancias que sólo el azar conoce, ya forma parte, ocupando un lugar destacado, de mi antología personal. Incluyo, además, los comentarios que acompañan su puesta en escena:

Cada vez que me regalan una firma, acostumbro a regalar una rosa.
Y cada vez que regalo una rosa, no puedo dejar de recordar un cuento corto, duro y bello.

"Una hermosa muchacha transitaba las calles de Nueva York en un autobús.
En una esquina subió un hombre mayor con unas rosas muy bellas en sus manos.
Se sentó al lado de ella.
La niña escondía sus pudores pero no podía dejar de mirar esas rosas.
Él se las ofreció.
Ella se negó rotundamente a recibirlas.
Él insistió: "En realidad son para mi mujer. Cuando le explique, ella comprenderá".
Se las dejó en la falda y bajo la esquina.
La niña, arrepentida de haber pensado mal, lo siguió con la mirada y vio, con profunda tristeza, que aquel hombre entraba al cementerio."

No piensen que ha sido un golpe bajo para distraerlos.
Quédense ustedes con este cuento corto, duro y bello;
quédese, usted niña, con su rosa;
que yo me he quedado aquí, desde antes de comenzar el relato, con el bello recuerdo de su carta firmada.

domingo, 27 de febrero de 2011

René Lavand

Lugar de honor para este relato que René Lavand incluye en sus espectáculos. Como él mismo afirma, desconozco el autor. Se trata de un cuento que llevaba buscando bastante tiempo. Se lo oí hace cosa de quince años y desde entonces no habían vuelto a tener referencia de él. Al parecer "La rosa", otro clásico del argentino al que reservo un espacio en este blog, había ocupado su lugar... hasta ahora.La única vez que he podido assitir a una actuación del lentidigitador lo hice durante apenas unos segundos y cuando ya se estaba despidiendo. Y lo hizo con este cuento:

Una niña enferma contemplaba desde su lecho un viejo árbol que estaba apoyado en la pared de un viejo patio en un viejo conventillo de París.
La niña quería mucho a ese árbol y pensaba que su vida se iba extinguiendo con la caída de las hojas.
Y el invierno arreciaba, y las hojas caían.
Su madre, sin dinero para médicos ni remedios, subió a un altilla a pedir plata prestada a un bohemio pintor que allí vivía. No tenía un centavo.
Y el invierno arreciaba, y las hojas caían.
Cuando quedó una sola hoja por caer, la madre imploró al cielo que esa hoja no cayera. Y esa hoja no cayó.
La niña se recuperó con nuevos bríos y el árbol retoñó con nuevos brotes.
Paseaban esa primavera madre e hija por el patio y recordaron al bohemio pintor que había muerto de un enfriamiento ese cruel invierno.
Y se acordaron también de aquella hoja. Y fueron a buscarla.
¡Quedaron paralizadas! ¡La hoja estaba pintada en la pared!
Fue la obra póstuma de un gran artista que quisó ser el instrumento de Dios aquí en la tierra para salvar una vida.